ACTIVIDAD 2 ESTADO DE LA CUESTIÓN
LOS MODELOS POLITICOS QUE SE APLICARON PARA LA CONSTRUCCIÓN DEL ESTADO CONTEMPORÁNEO
Un trabajo práctico que consiste en elaborar un Estado de la Cuestión. Se trata de aplicar correctamente los conceptos aprendidos en la elaboración del balance sobre la bibliografía propuesta que trata de los modelos políticos que se aplicaron para la construcción del Estado Contemporáneo. Estas lecturas son la base para el siguiente trabajo. El máximo de extensión son 8 páginas en time new roman 12 y 1,5 espacio.
El desarrollo de los sistemas políticos es un proceso dinámico que refleja las
circunstancias y evoluciona a lo largo del tiempo. La dicotomía entre monarquía y república
no es excluyente, dando lugar a diversos modelos, como la república clásica y la liberal, así
como diferentes formas de monarquías constitucionales. Desde sus orígenes en la antigua
Grecia hasta la actualidad, el republicanismo ha transitado por diversas etapas, marcadas por
principios como la soberanía popular y la virtud cívica. Con el liberalismo contemporáneo el
republicanismo perdió su esencia original y ya en un contexto más actual ha resurgido bajo
la denominación de neorepublicanismo como una respuesta al debilitamiento de los sistemas
democráticos. Paralelamente en la vieja Europa ha adaptado las monarquías a elementos
republicanos en un contexto liberal.
En este breve trabajo trataremos de acercarnos a esta evolución del pensamiento y
las formas de organización políticas a partir de los estudios que sobre este tema han llevado
a cabo historiadores actuales.
El desarrollo de los distintos sistemas políticos es lógicamente un proceso inacabado
y que responde a una serie de circunstancias concretas y se presenta en modelos sucesivos.
Partiendo de la premisa que monarquía y república no son términos antagónicos podemos
distinguir a grosso modo dos tipos de república, la clásica y la liberal o parlamentaria y
varios tipos de monarquía ya en sistemas liberales, la republicana, la de gobierno
parlamentario y la presidencialista también denominada puramente constitucional como
veremos más adelante.
Los inicios del republicanismo clásico estudiado por R. Ruiz en su libro “Los
orígenes del republicanismo clásico”, sitúa en las polis griegas, ciudades estado como
Atenas o Esparta el nacimiento de la democracia a partir de las reformas de Solón y
Clístenes y en la república romana. Este republicanismo naciente gira en torno al concepto
politeia que podría traducirse por “forma de gobierno” o “Constitución” con características
como la soberanía popular, la participación política, la igualdad ante la ley y la virtud cívica.
El sentido literal del término república es el de “res pública” o “cosa pública” o “la cosa del
pueblo” cuyo éxito se basa en el respeto a las tradiciones y a las tradiciones. Las
instituciones vienen regidas por las leyes que limitan el poder del Estado, y proponen
gobiernos mixtos equilibrados frente a gobiernos puros que tienden hacia el abuso de poder.
Gobiernos mixtos que incluyen el poder del pueblo, el aristocrático no de clase y la
monarquía. En la Grecia clásica, de Atenas y Esparta, las reformas de Solón y Clístenes,
llevaron a un sistema timocrático, con una organización censitaria y un órgano, el Areópago,
encargado de buscar un equilibrio de poder y evitar abusos de los cargos públicos.
Esta idea se recogerá en la república romana con los comicios, el senado y los
cónsules, y siglos después la monarquía inglesa del siglo XVII en Comunes, Lores y Rey.
Pero el modelo clásico a nivel de organización política utilizado con posterioridad ya
en la edad moderna y contemporánea fue el derivado de la reformas de Efialtes y Pericles en
el que se daba más poder al pueblo llano convirtiéndose la asamblea en el verdadero poder
supremo. Esta fase de democracia radical no contempla equilibrios ni contrapeso alguno
entre los poderes y finaliza en una tiranía de la mayoría. Reformas posteriores como las de
Platón y Aristóteles buscan evitar los defectos de esta democracia radical combinando de
forma equilibrada elementos de la democracia con otros de la monarquía y la aristocracia.
Aristóteles denomina a este régimen de gobiernos mixtos la República.
La base fundamental de este republicanismo clásico reside en la virtud cívica
entendida como la promoción del bien común (término popularizado por el romano Marco
Tulio), una sociedad regida por la ley igual para todos, la participación activa y virtuosa de
los ciudadanos en la vida política… lo que se consigue a través de la obediencia a las leyes y
a la educación. Valores que aunque han desaparecido con el liberalismo, en la actualidad
están en parte recobrando valor como solución al descrédito político como veremos más
adelante.
En Roma tras siglos de monarquía se instauró un régimen republicano que
evolucionó a un proceso de democratización que a partir del siglo III estableció un sistema
institucional caracterizado como un régimen mixto que servirá como patrón en posteriores
autores republicanos.
Deteriorada la república el establecimiento del régimen imperial en Roma significa
una mayor concentración de poder en el emperador, la reducción de la separación de
poderes de época republicana y de la participación de los ciudadanos que a partir de ahora se
convierten en súbditos. Los siglos posteriores a la caída del imperio romano que ocupan la
Edad Media se caracterizan por la extensión de una teoría despótica y teocéntrica del poder
político en un mundo rural en el que la población, ahora súbditos, encuentra en reyes y
señores feudales garantía de su supervivencia.
Al margen del feudalismo las repúblicas estado (“commune”) de las ciudades
septentrionales italianas a partir del finales del siglo XII fueron las protagonistas de un
Renacimiento no solo cultural y artístico sino también político. Estas ciudades en un
contexto difícil adoptan sistemas políticos soberanos de autogobierno con órganos de poder
con características republicanas que giran en torno a la libertad de sus ciudadanos.
Con el auge del humanismo (Skinner) y el redescubrimiento en el siglo XIV de las
teorías de Aristóteles se inicia la reinterpretación por parte de los pensadores renacentistas
de las ideas del republicanismo clásico para dar cobertura a las pretensiones de
independencia y autogobierno de las ciudades italianas, y así “dar respuesta a las situaciones
de abuso de poder y corrupción” y preservar la libertad de los ciudadanos, el logro de la
grandeza y la conservación de la paz para lo que se hace necesaria la concordia cívica y el
ideal del bien común a través del ideal de justicia por parte de los magistrados.
El debate teórico sobre el sistema de gobierno más adecuado pasa por aplicar los
valores humanistas a la vida política en el denominado “humanismo cívico”, la importancia
de la participación ciudadana y el equilibrio de poderes. Ejemplos como los de Florencia y
Venecia buscan órganos para evitar la concentración de poder en una sola persona
adoptando instituciones inspiradas en la antigua Roma republicana, como el Senado, el
Consejo de los Cien y los magistrados electos. El florentino Maquiavelo “Los discursos”
resalta la importancia de la participación del pueblo como garantía de la libertad y
prosperidad de las ciudades y propone un sistema institucional típicamente republicano con
equilibrio de poderes y ciudadanos con buenas costumbres cívicas, educativas y religiosas.
El debilitamiento de las estructuras republicanas vino con la llegada a estas repúblicas
italianas de gobernantes autocráticos como los Médicis o los Sforza así como invasiones de
potencias extranjeras. No obstante Maquiavelo será un siglo después el gran inspirador para
republicanos ingleses como Harrington o Milton.
El republicanismo clásico también lo encontramos presente también en España y en
las provincias Unidas como ha estudiado R. Ruiz en su artículo “El republicanismo clásico
en el pensamiento hispano”. El caso hispano lo identifica con una corriente de
republicanismo presente en Castilla desde la Edad Media y que tuvo su cénit en la Revuelta
de las Comunidades que el autor califica de revolución con elementos claramente
republicanos como la convocatoria de la Santa Junta por los comuneros y escritos donde
aluden a la virtud cívica y el bien común. La derrota en Villalar en 1522 acabó con los
proyectos democratizadores de los comuneros. El autor señala que este ejemplo junto con el
holandés nunca han sido muy tenidos en cuenta a causa de la ausencia de grandes tratadistas
que apoyaran la causa.
Las Provincias Unidas de los Países Bajos (también conocidas como los Países
Bajos Españoles) también experimentaron un periodo de desarrollo político que incorporaba
principios del republicanismo clásico. Las provincias se constituyeron en una república
dominada por una clase mercantil y comercial que establecieron un sistema federal y
descentralizado. Aunque la participación directa de la población en la toma de decisiones
era limitada, hubo ciertos elementos que promueven la participación activa de la ciudadanía.
El siguiente modelo de aplicación del republicanismo clásico tuvo lugar en la
Inglaterra del siglo XVII. Fueron los radicales ingleses a partir de la ejecución del Rey
Carlos I en 1649 pusieron fin al gobierno absoluto y despótico quienes instauraron la
república que estuvo en vigor 11 años. En este punto hay que considerar la importancia de la
religión en Inglaterra, elemento poco republicano, y especialmente la influencia del
calvinismo puritano con su ética del trabajo, su énfasis en la importancia de la comunidad y
la responsabilidad individual y la defensa de una distribución más equitativa del poder.
Serán los puritanos los que peregrinarán y trasladarán a América ideas que se pondrán en
práctica a finales del siglo XVIII.
En esta recuperación del republicanismo clásico llevada a la práctica por Cromwell
como Lord Protector en la Conmonwealth of England tuvo sus teóricos como John Milton
defensor de la república, Harrington partidario de una distribución equitativa de la
propiedad y Hobbes que en “Leviatán” propone la necesidad de un contrato social. Estos
autores influyen en el pensamiento republicano inglés a partir de obras del republicanismo
clásico como las de Cicerón, Polibio, Aristóteles o Maquiavelo.
La falta de apoyo popular, la división entre los propios republicanos y el contexto
internacional de Inglaterra propiciaron el fin de la experiencia republicana, que como otros
procesos revolucionarios derivó en dictadura, guerra civil y vuelta a la moderación tras la
restauración de la monarquía con Guillermo de Orange. No obstante, la influencia de la
Revolución Gloriosa y del republicanismo clásico ha sido decisiva. La Declaración de
Derechos de 1689 reforzó la posición del Parlamento como una fuente primaria de autoridad
política limitando el poder del monarca y el Acta de Tolerancia contemplaba el
reconocimiento de derechos y libertades políticas, lo que allanaba el camino para el
surgimiento de una monarquía constitucional en Inglaterra.
El efecto de este republicanismo inglés facilitó la continuidad del modelo tras las
revoluciones norteamericana y francesa a finales del siglo XVIII. Ruiz señala que la
tradición republicana estaba en las mentes de los independentistas americanos y la utilizaron
como base ideológica. Por otra parte es interesante la relación entre el puritanismo de los
primeros colonos y su republicanismo en cuanto tiene de sacrificio de lo individual sobre el
bien común, la participación ciudadana y la virtud cívica. También la desconfianza a la
concentración de poder en una sola autoridad les llevó a la creación de un gobierno
descentralizado con una total separación de poderes. Pero en esta descentralización inicial
estuvo el origen de la disputa entre confederales y federales. Los primeros más próximos a
la idea clásica de republicanismo en cuanto a que valoraban la participación ciudadana y la
autonomía local y los segundos más cercanos al liberalismo en lo que tiene de protección de
los derechos individuales a través de un poder fuerte. Los excesos descentralizadores
finalmente desembocaron en el triunfo de la tesis federal la redacción de una Constitución
que equilibraba la necesidad de un gobierno central eficiente con la protección de los
derechos individuales y la autonomía estatal. No obstante la presencia del republicanismo
cívico en la sociedad y política norteamericana sigue presente hasta el momento actual. A
nivel social el mismo voto, el activismo político etc. son entendidos como un ejercicio de
participación ciudadana y por tanto como un deber cívico fundamental. Y a nivel político el
mantenimiento de la separación estricta de poderes, en la que se realizan elecciones
diferentes para elegir al presidente y para el congreso.
En la Francia revolucionaria tras la primera experiencia fallida de constitución
monárquica en 1791 estableció una monarquía constitucional, con estricta separación de
poderes también conocida como “monarquía de asamblea" por el gran peso del legislativo
con objeto de evitar la concentración excesiva de poder en manos del monarca. Esta forma
de gobierno combinaba elementos de monarquía con un sistema representativo y
constitucional. Pero el agravamiento de la situación política y la guerra civil condujeron a la
ejecución del Rey con lo que la revolución entró en una fase de radicalismo. El camino
adoptó la Convención fue el modelo republicano renacentista ya puesto en práctica en
Inglaterra un siglo antes. La Constitución republicana de 1793 tomaba elementos clásicos
como la idea de que el poder emana del conjunto de ciudadanos, la participación ciudadana
en la cosa pública y siguiendo a Montesquieu la separación estricta de poderes. La
inestabilidad política interior y las dificultades exteriores provocaron la desconfianza de la
población en los ideales republicanos y la búsqueda de líderes fuertes y autoritarios. Era la
última oportunidad del republicanismo clásico pues a partir de ahora el republicanismo
tomará otros modelos más acorde con el liberalismo y en Europa se vio la necesidad de
conjugar la tradición monárquica con elementos republicanos como veremos más adelante.
En este punto hay que hacer una reflexión acerca de este progresivo abandono de la
tradición republicana clásica. R. Ruiz refiere que tras la dictadura de Napoleón se “enterró la
República”. A. Lario en su artículo “La tradición republicana” alude al desarrollo urbano
industrial y al capitalismo con su énfasis en el interés privado y el individualismo como
causas económicas y sociales de esta ruptura. La sociedad del siglo XVIII “se había vuelto
esencialmente comercial”, la economía de mercado resultante del desarrollo industrial
sacrifica el bien común en beneficio de la libertad privada, fomenta desigualdades sociales y
ambientales opuestas al espíritu del republicanismo clásico que tenía más éxito en estados
más pequeños y sociedades esclavistas donde los ciudadanos no tenían que preocuparse de
sus negocios particulares. Como consecuencia surge el gobierno representativo con
profesionales de la política. La autora señala que en el siglo XVIII convivieron ambas
tradiciones que tras los fracasos del radicalismo inglés, la confederación norteamericana y la
Convención francesa surgirá la herencia liberal que con el paréntesis marxista renacerá en
forma de neoliberalismo con mayor acentuación del individualismo liberal.
A partir de la Restauración europea y tras los fracasos monárquicos de 1791 y
republicano se plantea la necesidad de reinterpretar los principios básicos del liberalismo y
conjugar la monarquía histórica con el gobierno representativo. R. Ruiz en el último
capítulo de su libro señala que el principal teórico es el suizo Benjamín Constant que
describe la libertad de los antiguos como un ejercicio colectivo y directo de soberanía donde
el individuo forma parte del cuerpo colectivo. Ello frente a la libertad de los modernos más
basada en la garantía de la seguridad de los asuntos privados, por lo que se hace necesario
un sistema representativo aun a costa de un alejamiento de la participación en el poder
político.
Con la Restauración y la vuelta de la monarquía al poder había que corregir los
errores del modelo monárquico revolucionario, denominada monarquía de asamblea, y
ubicar al rey y su dignidad en este nuevo modelo. A. Lario en “El lugar del rey” señala que
esta revisión suponía aumentar el peso del ejecutivo y sobre todo vincularlo de forma
armónica al legislativo en la que el gran beneficiado fue el gobierno (sobre todo en España a
partir de 1945) ahora parlamentario como “otro” poder ejecutivo. El rey aunque figura como
titular queda como figura simbólica, con un poder muy limitado.
Los contemporáneos temían al republicanismo popular por el excesivo peso e
independencia del legislativo que conducía a la anarquía y temían también al gobierno
monárquico por su tendencia a la corrupción y al despotismo. La solución para salvar a la
monarquía en el sistema constitucional pasaba por recuperar el modelo inglés de gobierno
parlamentario, con un doble poder ejecutivo, con la monarquía como poder neutro o
moderador o dignificado, o “ministerio responsable”, un poder permanente y apolítica que
representa la unidad de la nación por encima de las ideologías, y por otra parte un gobierno
elegido por el rey salido de una mayoría parlamentaria y por tanto responsable ante éste
como parte variable o poder efectivo. Esta monarquía que A. Lario denomina “monarquía
de gobierno parlamentario” conjuga lo tradicional encarnado en el rey con la libertad
representada en la Asamblea, la constitución histórica con la soberanía nacional. Su
desarrollo en España supuso diferencias entre los liberales del Trienio e intensos debates
para redactar la Constitución de 1837. La reforma trajo consigo cambios como la
instauración de una asamblea bicameral, el sufragio directo y censitario, y la incorporación
de ministros al gobierno. La autora destaca que, según su análisis, la reforma no logró
plasmar de manera precisa el verdadero alcance del poder de los ministros en la
constitución, ya que esta aún mantenía al rey como el titular formal de dicho poder.
Un tercer modelo de monarquía constitucional es la denominada monarquía
“puramente” constitucional alemana, denominada así por la relevante teoría jurídica y
política en la Alemania de comienzos del siglo XIX con autores como Hegel o Fichte. La
prof. A. Lario en “La Monarquía, del Liberalismo a la Democracia” lo conceptualiza como
un régimen de carácter presidencialista, opuesto al gobierno parlamentario, con separación
estricta de poderes pero con legislativo sin iniciativa y un único ejecutivo con predominio
del rey que tenía control sobre el gobierno. Este sistema se demostró incapaz de adaptarse a
una evolución democrática cuando tuvo lugar el final del Imperio Alemán y la llegada de la
República de Weimar.
Los modelos republicanos contemporáneos en la Europa del siglo XIX adoptaron la
estructura monárquica parlamentaria en un contexto liberal. Más que sistemas por sí mismos
resultan una alternativa fruto a los fracasos de la monarquía. En el caso de España con un
carácter más radical y en el francés de la Tercera República más reformista. Las repúblicas
latinoamericanas se inspiraron en el modelo norteamericano al redactar sus constituciones.
Del mismo modo que la monarquía en el siglo XIX adoptó elementos del
republicanismo clásico, la república se adaptó a la monarquía parlamentaria existente. Cobra
sentido aquí la utilización de la denominación de monarquía republicana y repúblicas
monárquicas. Esta coexistencia da a entender que no se trata de sistemas de gobierno
definidos.
La crisis y declive del marxismo a finales del siglo XX han propiciado un
renacimiento del pensamiento político liberal, manifestándose con fuerza bajo la
denominación de neoliberalismo. En un contexto de globalización estas políticas han
debilitado al estado regulador frente a los poderes económicos multinacionales,
acrecentando las desigualdades económicas y sociales lo que ha llevado a una progresiva
degradación de valores, un cierto nihilismo que se manifiesta en debilitamiento y
desconfianza hacia los sistemas democráticos en occidente. El resultado es una menor
participación ciudadana y descrédito generalizado hacia la política. Otra manifestación es el
ascenso de los populismos tanto de izquierda y de derecha que han capitalizado el
descontento proponiendo soluciones simplistas a problemas complejos.
R. Ruiz ve como respuesta a la crisis del liberalismo la aparición de algunos
movimientos ya en el siglo XXI como Podemos y el 15M, Syriza o Bernie Sanders un cierto
renacer del republicanismo clásico que se puede denominar neorepublicanismo. Las
demandas de mayor participación ciudadana en la vida política a través de consultas
populares, la recuperación de la virtud cívica como la capacidad de los ciudadanos de
deliberar, cooperar y resolver problemas de forma colectiva, un fortalecimiento de la
democracia local, a la economía de proximidad, la cooperación internacional, etc. significan
una alternativa al desprestigio del sistema político en la actualidad.
A modo de conclusión
En resumen, el desarrollo de los sistemas políticos a lo largo de la historia ha sido un
proceso complejo y evolutivo, marcado por diferentes modelos y circunstancias específicas.
Desde el republicanismo clásico en la antigua Grecia y Roma hasta las diversas formas de
monarquía y república en la Europa medieval y moderna, se han experimentado cambios
significativos en la organización y la estructura de gobierno.
El republicanismo clásico, con sus principios de soberanía popular, participación
ciudadana y virtud cívica, ha dejado una huella perdurable en la historia política. Sin
embargo, a medida que avanzaba la historia, especialmente con el desarrollo industrial y el
surgimiento del capitalismo, se observa un progresivo abandono de los valores republicanos
clásicos en favor del liberalismo y el individualismo.
Tras la Restauración europea se buscó conjugar la tradición monárquica con
elementos del gobierno representativo, dando lugar a modelos como la monarquía de
gobierno parlamentario. En el siglo XIX, tanto la monarquía como la república coexistieron
en modelos de gobierno parlamentario, y las denominaciones de "monarquías republicanas"
y "repúblicas monárquicas" ilustran la flexibilidad y la adaptabilidad de los sistemas
políticos.
No obstante, a finales del siglo XX y principios del siglo XXI, el neoliberalismo y la
globalización han debilitado los estados, deteriorando la confianza de la ciudadanía en los
sistemas democráticos. En este contexto, se observa un resurgimiento de elementos del
republicanismo clásico que se podría llamar neorepublicanismo, que buscan revitalizar la
participación ciudadana, la virtud cívica y la democracia local como alternativa al descrédito
político actual. Este renacer del republicanismo clásico podría ofrecer respuestas a los
desafíos contemporáneos y contribuir a la construcción de sistemas políticos más
participativos.