Cuestionario para el nacionalismo

 Cuestionario para el nacionalismo

 

 1. ¿Qué es el nacionalismo? El nacionalismo puede ser una ideología y una doctrina, un sentimiento individual y un movimiento social. Señala y define los elementos identitarios que socializan la pertenencia a una nación y el sistema de identificaciones nacionalistas. Pueden ser utilizados ejemplos, tomando los nacionalismos hispanos. 

Aunque las teorías primordialistas postulan que el nacionalismo es inherente a las estructuras sociales con anterioridad al Antiguo Régimen, “el nacionalismo está intrínsecamente ligado a la era contemporánea.”1   Pero ¿qué elementos identificadores se han venido produciendo en mayor o menor medida en los diferentes nacionalismos estatales o no estatales? En este apartado los enumeraremos y definiremos, señalaremos las dificultades y carencias que han venido apareciendo en nuestros nacionalismos más próximos que en gran parte explican las debilidades y fortalezas que presentan actualmente. 

En relación con la ya comentada dificultad de encontrar una definición adecuada para el término nación o nacionalismos dada la diversidad de comunidades humanas, sí se pueden reconocer y enumerar elementos identitarios necesarios para construir todo estado para promover la integración socio territorial y fomentar el desarrollo de la identidad nacional.   

Todo estado requiere para su funcionamiento de una administración y un funcionariado, aunque para el caso español éste empezó a ser teóricamente independiente del gobierno a partir de la Constitución de 1812. Uno de los problemas de este cuerpo en el siglo XIX fue la cesantía por la cual los funcionarios eran despedidos de sus puestos de trabajo por motivos políticos pues éstos eran nombrados por los ministros lo que creaba un clima de inestabilidad en la administración pública y oficialmente hasta la Constitución de 1978 no se estableció un sistema en el que los funcionarios públicos no podían ser despedidos de sus puestos de trabajo por motivos políticos.  

El número de funcionarios públicos en España ha ido creciendo desde comienzos del siglo XIX. Sin embargo, el aumento más significativo tuvo lugar a partir de 1978 por razones inherentes a todo estado democrático y la propia descentralización política. Hoy hay 3 millones de funcionarios, el 7 % de la población activa. 

El segundo de los elementos tangibles que forman parte de la identidad nacional son el ejército y la policía. En España pese a la presencia e importancia política que ha tenido tradicionalmente ha experimentado deficiencias en la organización, equipamiento y en la profesionalización. Su tendencia hacia el intervencionismo político, el injusto sistema de reclutamiento, la escasa participación exterior en los dos últimos siglos y su utilización por parte de los gobiernos para asegurar la paz social ha sido objeto de la crítica ciudadana que sólo a partir de la instauración de la democracia en España y la incorporación a la OTAN ha empezado a tener la independencia necesaria para su reconocimiento social. La policía en España ha vivido una situación parecida en cuanto a su utilización política como herramienta para reprimir a la oposición política y para defender los intereses de las élites gobernantes lo que ha derivado en una secular falta de confianza ciudadana.  

El sistema educativo se considera otro elemento fundamental en la consolidación de la conciencia nacional. Con anterioridad a la Ley Moyano de 1857 no existía un sistema educativo centralizado en España. Sin embargo, la falta de financiación pública, el centralismo político y la confesionalidad de los gobiernos, así como el concordato de 1851 hicieron que la Iglesia católica asumiera el control de la educación, que quedó en gran parte limitada a las clases altas y fue responsable de los elevados índices de analfabetismo. Esta situación alcanzó su máximo durante la dictadura franquista para la que la educación fue ante todo una herramienta de adoctrinamiento ideológico. En la actualidad democrática pese a la supuesta independencia la educación sigue siendo un elemento arrojadizo entre los principales partidos políticos.   

Pero también hay que señalar toda una serie de identificadores intangibles o simbólicos muy importantes en el desarrollo de la conciencia nacional. Isidro Sepúlveda los organiza en tres grandes bloques2: simbólicos, rituales y míticos. Entre los primeros el más conocido es la bandera. En nuestro país se utiliza la roja amarilla y roja que, aunque fue insignia militar desde Carlos III fue asumida por los primeros gobiernos liberales como enseña nacional. Ésta, sin embargo, ya desde el siglo XIX ha venido careciendo de una general falta de vinculación por parte de la población3. La inestabilidad política con frecuentes guerras civiles sobre todo carlistas y el carácter excluyente del estado español dificultaron que la población se identificara con la bandera como símbolo del Estado. El ascenso de los regionalismos y las críticas a la monarquía desde finales del siglo XIX llevaron a la instauración de banderas alternativas del nacionalismo periférico (Senyera e Ikurriña principalmente) y la tricolor del régimen republicano en 1931. Finalmente, el régimen de Franco con escudo propio retomó la bandera monárquica lo que ha tenido como principal consecuencia la asociación por parte de la ciudadanía democrática con la dictadura franquista, su ideología y su represión siendo en la actualidad utilizada por la ultraderecha como símbolo del nacionalismo excluyente. 

El siguiente elemento nacionalizador lo constituye el himno. En España ha adolecido de dos defectos: su origen militar, que ha generado una percepción por parte de la población de cierto elitismo, y la ausencia de letra, que ha limitado la conexión emocional de la ciudadanía. Los intentos en este sentido han sido infructuosos.  

El escudo por su simbolismo histórico ha contribuido a crear un sentimiento de identidad nacional compartida pues incluye elementos que representan a las diferentes regiones y culturas del país lo que permite actuar como símbolo de unidad para todos los españoles. En ocasiones como fue durante el franquismo el escudo se utilizó como elemento unificador entre las tendencias que apoyaron el golpe de estado 

Para finalizar con este grupo de elementos tangibles hay que hacer referencia al rol que han cumplido los transportes y las comunicacionesSu función nacionalizadora no ha sido todo lo deseable por una serie de problemas estructurales como la enorme extensión geográfica de nuestro país y la orografía montañosa. El diseño radial de las vías de comunicación desde siglo XVIII tampoco ha contribuido a mejorar los vínculos entre los distintos territorios 

Hay un grupo de identificadores no tangibles que son los rituales como las manifestaciones culturales, fiestas, celebraciones sociales, deportes autóctonos...  elementos presentes en todos los procesos nacionalizadores y que en España alcanzaron gran importancia durante la dictadura franquista como símbolos de la nación española. Al margen de otras fechas conmemorativas utilizadas por cada gobierno político, la celebración de un día nacional de forma oficial no se estableció en nuestro país hasta la dictadura de Primo de Rivera a partir del día de la Hispanidad. Durante el franquismo4 se mantuvo la fecha del 12 de octubre asociándola a la Virgen del Pilar como patrona de España. También han existido otros elementos “culturales” que han sido utilizado como símbolos rituales que representan la esencia de la nación como la denominada “fiesta nacional” de los toros. También los nacionalismos sin estado celebran sus días nacionales: la Diada de San Jordi como patrón de Cataluña  el 23 de abril y la5el 11 de septiembre en recuerdo de la caída de Barcelona durante la Guerra de Sucesión Española en 1714.  En el País Vasco se celebra el Aberri Eguna el domingo de Pascua. En la actualidad el proceso de descentralización y el Estado de las Autonomías lleva a cada territorio a la celebración de su día “nacional” y a la identificación de fiestas y actividades regionales propias.  

También ha sido una constante el recurso a hechos del pasado y personajes míticos para la legitimación del nacionalismo. Para el caso español la Reconquista, la conquista de América, los reyes godos, Viriato, Cristóbal Colón, los Reyes Católicos e incluso hasta el propio Francisco Franco fueron personajes exaltados a la categoría de héroes nacionales. En este sentido la imagen de lo castellano ha estado vinculada a la esencia de lo español lo que ha llevado a otros nacionalismos peninsulares a no identificarse con ellos y recurrir a s los suyos propios como Wifredo el Veloso, Jaime I o la Virgen de Montserrat en Cataluña y en el País Vasco el mítico Aitor6 que derrotó a los romanos y el propio Sabino Arana como los más significativos.  

Desde la llegada de los Borbones en el siglo XVIIIl la lengua castellana ha sido utilizada como un vehículo nacionalizador para unificar los territorios peninsulares con la prohibición, al menos de forma oficial, de las distintas lenguas periféricas. Esta represión lingüística ha sido utilizada como arma ideológica por parte de vascos y catalanes7 en sus aspiraciones nacionalistas. En la actual democracia, la Constitución reconoce y protege las lenguas cooficiales, aunque persisten tensiones. 

En conclusión, los elementos identitarios, sean simbólicos, rituales y míticos, han sido utilizados por el nacionalismo español para promover la integración socio-territorial y fomentar el desarrollo de una identidad nacional unificada. Sin embargo, la imposición de ciertos símbolos y la exclusión de otros han generado tensiones y conflictos con los nacionalismos periféricos. En la actualidad, el Estado de las Autonomías reconoce y protege la diversidad cultural y lingüística de España, aunque todavía queda camino por recorrer para lograr una verdadera integración nacional basada en el respeto y la igualdad.  

 

2. Nacionalismo español: De una forma similar a otros países europeos y en paralelo a la construcción del Estado liberal, a lo largo del siglo XIX se consolidó la conformación del nacionalismo español. Señala sus principales fases y sus elementos estructurales. El nacionalismo español es un fenómeno complejo que ha experimentado diversas etapas a lo largo de la historia. A continuación, analizaremos las principales fases del nacionalismo español, así como los elementos estructurales que lo han caracterizado. 

Para José Antonio Rubio8 el punto de partida del nacionalismo español es la Guerra de Independencia (1808-1814) fecha que produjo entre la mayoría de la población una reacción casticista frente al invasor francés y la nueva idea (liberal) de nación con la Constitución de Cádiz. A partir de ese momento liberalismo y nacionalismo irán de la mano. 

Sin embargo, a lo largo del siglo XIX España experimentará una larga fase caracterizada por la debilidad del esfuerzo nacionalizador que se hará referencia más adelante. En estos años el nacionalismo se vinculará con el liberalismo revolucionario primero y a continuación con el liberalismo moderado y progresista como reafirmación de todo aquello que significaba el fin del Antiguo Régimen y el desarrollo del nuevo Estado-Nación español moderno. Como señala Savater9 “todos los estados existentes son convenciones brotadas de circunstancias históricas”. En este sentido el desarrollo del nacionalismo español decimonónico hay que entenderlo en un contexto de guerras civiles, de crisis imperial, pronunciamientos militares, propuestas federalistas, etc.  

En el último cuarto del siglo XIX el ascenso de los nacionalismos periféricos generó en el nacionalismo liberal español un giro ideológico a la derecha10, hacia posiciones conservadoras, tradicionalistas e incluso reaccionarias. Un nacionalismo militarista y católico que alcanzará su máxima expresión durante la dictadura franquista ya en el siglo XX. Los motivos estuvieron en el hecho de que entonces la burguesía liberal decimonónica se encontraba ya” establecida en el poder social, político y económico”, y empezó a ver en el nacionalismo etnicista o culturalista el respeto a su identidad de forma paralela a los emergentes nacionalismos sin estado.  

Es por tanto en el siglo XX un nacionalismo conservador que hará uso del ejército como brazo ejecutor de sus propuestas. Los primeros años fueron más los gobiernos liberales los que apostaron por un mayor centralismo frente a los conservadores que llevaron a cabo tímidas descentralizaciones administrativas (Mancomunidad, 1914) y pactos con agrupaciones regionalistas conservadoras (Lliga y un PNV posibilista).  

La dictadura de Primo de Rivera en 1923 supuso una afirmación del centralismo y del nacionalismo político con un mayor intervencionismo del estado en lo económico y social, supresión de entidades territoriales anteriores y afirmación de lo nacional sin atender a las peculiaridades regionales.  

La Segunda República a partir de1931 trató de romper ese centralismo histórico mediante el reconocimiento en la Constitución de un estado integral como alternativa a las propuestas unitarios y federales. Cataluña, que recupera sus aspiraciones nacionalistas, proclamó la República Federal Catalana en 1931 y un año después el Estatuto de Autonomía. Estatuto que el País Vasco lo obtendrá ya iniciada la Guerra Civil.  

La dictadura franquista supuso una vuelta al unitarismo y al centralismo político, administrativo, cultural, etc. El nacionalismo se vuelve centrípeto y se reafirma en su conservadurismo tradicional y católico y antiliberal. Los nacionalismos centrífugos vivieron una primera etapa de exilio, clandestinidad y división interna a la espera de que la situación internacional les fuera favorable. Sin embargo, la consolidación del régimen franquista y el reconocimiento exterior generó una nueva toma de conciencia nacionalista críticos con la alianza de parte de la burguesía catalana y vasca con el régimen español. En Cataluña este “Nou catalanisme” puso el acento en los aspectos cultuales y lingüísticos a la vez que surgían otro de corte obrero (Font Obrer) en un contexto de tercermundismo emergente y otro estudiantil en torno a la Universidad de Barcelona. En el País Vasco juventudes del PNV críticos con viejo peneuvismo postaron en los años cincuenta por una renovación del nacionalismo. Es en este contexto donde surgió la organización ETA que inspirada en los postulados de Sabino Arana propugnaba la acción directa y la lucha armada como medios para alcanzar los objetivos nacionalizadores. La identificación del nacionalismo con el antifranquismo permitió que las actividades terroristas fueran aceptadas por la oposición política hasta que con la llegada de la Transición se vio que las acciones de ETA iban contra el propio estado español.  

La muerte de Franco y el establecimiento de la monarquía parlamentaria permitieron el planteamiento de una nueva estructura del estado, una nueva división territorial y la posibilidad de resolver un problema que no había desaparecido con la dictadura. En los años preconstitucionales se debate sobre diferentes modelos territoriales en un contexto de sectores enfrentados por una parte del ejército, la jerarquía eclesiástica y la población favorecida del régimen contrarios a cualquier propuesta de reforma o ruptura. Finalmente, en la Constitución de 1978 se estableció el modelo autonómico que se desarrollará con más detalle en la sexta cuestión de este trabajo.  

 

3. ¿Debilidad del nacionalismo español? A lo largo de las últimas décadas se ha mantenido un debate profundo sobre los límites integradores del nacionalismo español; límites que para algunos historiadores propiciaron el surgimiento de regionalismos y nacionalismos subestatales. Analiza las tesis a favor y contrarias de este debate, insertándolo en un ejercicio comparativo de la conformación de los nacionalismos subestatales hispanos. 

La peculiaridad del nacionalismo español estatal en su convivencia con otros nacionalismos subestatales ha venido generando un debate acerca de las causas del surgimiento y crecimiento de estos últimos en relación con la posible debilidad del proceso nacionalizador español a partir del siglo XIX y si los nacionalismos periféricos son un fenómeno independiente del castellano y simultáneo en el tiempo. 

Este debate se ha venido acentuando en los últimos años como consecuencia del procés en Cataluña, sobre el deseo de independencia de parte de la sociedad catalana, lo que ha puesto sobre la mesa los límites integradores del nacionalismo español y la capacidad del estado de integrar las diversas identidades regionales.  

Estamos por tanto en palabras de Jose A. Rubio11 ante un “problema que es básico en nuestra historia contemporánea”.  La supuesta debilidad del nacionalismo español como causa del crecimiento de los nacionalismos catalán y vasco principalmente frente al desarrollo de estos nacionalismos como un hecho natural y propio. 

La primera idea considera que los nacionalismos subestatales han aparecido y evolucionado a partir de un sentimiento de agravio y marginación como consecuencia de la rigidez del nacionalismo español, la centralización política y cultural y la imposición del castellano como lengua oficial. Que las condiciones étnicas, culturales o lingüísticas no han venido a justificar por si solas el desarrollo del nacionalismo. En el mundo existen identidades como los kurdos o los romaníes que no reclaman posiciones nacionalistas. O estados con unidad a pesar de la diversidad lingüística como es el caso de Suiza.  

 La debilidad del nacionalismo español surge en el siglo XIX a partir del fracaso, en palabras de Jose A. Rubio de la trilogía liberalismo-progreso-nacionalismo siempre atribuyendo al nacionalismo español un carácter cívico o político. El liberalismo en nuestro país fue un proceso discontinuo, salpicado de guerras civiles, pronunciamientos militares, revoluciones e inestabilidad constitucional. En cuanto al progreso social y económico España mantenía en gran parte del territorio estructuras sociales heredadas del Antiguo Régimen como una economía mayoritariamente agraria, una burguesía escasa y poco dinámica, grandes propiedades en manos de la iglesia y la aristocracia, baja densidad de población, elevados índices de analfabetismo, etc. Precisamente en Cataluña y el País donde surgen los primeros sentimientos nacionalistas fueron las primeras regiones industriales. Por último, las políticas de homogeneización por parte del estado fueron insuficientes: la debilidad de la enseñanza estatal no contribuyó a solucionar el problema del analfabetismo la identificación con una lengua nacional. A ello sumar una Iglesia que se resistía a perder el poder político y social que había tenido durante siglos y veía en la expansión del estado un competidor por el control de la sociedad.  

El desastre del 98 acentúo la decepción de los regionalismos con el apoyo de la burguesía. La supresión de las políticas proteccionistas a finales del siglo XIX tuvo una influencia significativa en el crecimiento del sentimiento nacionalista en Cataluña, especialmente en el sector industrial que quedaba expuesto a la competencia extranjera. La pérdida de Cuba supuso un duro golpe para Cataluña pues era un mercado vital para Cataluña a finales del siglo XIX debilitando su industria textil y su posición comercial.  

La tesis contraria a la debilidad del nacionalismo estatal como causa del desarrollo de los nacionalismos periféricos, aunque está menos extendida en palabras de J. A. Rubio, parte de que no existe un excepcionalísimo español y que los nacionalismos subestatales surgen con independencia del nacionalismo español.  

Entre los defensores de esta tesis está Juan Pablo Fusi12 que señala que los nacionalismos subestatales” fueron el resultado de largos procesos históricos de consolidación de la propia identidad particular”, y que los nacionalismos parten de una base lingüística, histórica, cultural, etnográfica e institucional particular. Cada nacionalismo pone el acento en uno u otro aspecto, aunque entre los nacionalismos hispanos tienen a la lengua como común denominador. Fusi pone el punto de partida de estos nacionalismos en el contexto romántico de mediados del siglo XIX (Renaixença, la defensa de la lengua y cultura vascas o el Rexurdimiento), y que con posterioridad se desarrolló una conciencia común. En el caso vasco vinculada al foral-catolicismo y en el catalán con un carácter popular favorecido por la amplitud de la lengua catalana. En cualquier caso, a finales de siglo ya existen los primeros movimientos políticos nacionalistas en estas dos comunidades.  Grupos ya con conciencia política en Cataluña como la Lliga, el Centre Catalá o la Unió Catalanista con demandas y reivindicaciones concretas con respecto al Estado. En el País Vasco el recuerdo de la independencia de la época foral anterior a 1837 llevó a un grupo minoritario en el que destacó Sabino Arana llevó a identificar el nacionalismo con la esencia de lo vasco (étnico, cultural, lingüístico...) en un contexto de inmigración e industrialización. Arana fundará el Partido Nacionalista Vasco en 1894. 

En conclusión, en España, los nacionalismos, tanto el estatal como los no estatales, emergieron de forma simultánea durante el siglo XIX. El conflicto entre ambos grupos se decantó a favor del nacionalismo estatal. 

 

4. State building en la España del siglo XX. La consolidación de los nacionalismos subestatales motivó una obligada reacción del nacionalismo español (tanto comprensiva, represiva, conductiva o institucionalizada). Explica cuáles fueron los grandes hitos del debate nacionalista y las políticas de State building en los primeros 75 años del siglo XX.  

Como hemos visto en la cuestión anterior la consolidación de los nacionalismos subestatales en el siglo XX generó una reacción del nacionalismo español cuya consecuencia ha sido un aumento de las tensiones entre el estado y las regiones principalmente aquellas con los nacionalismos más fuertes, alcanzando en algunos casos episodios de radicalización y violencia política en una situación que llega hasta el momento actual. En este apartado analizaremos no tanto en los esfuerzos que el estado español llevó a cabo por imponer y homogeneizar una identidad nacional en todo el territorio como en analizar la reacción del nacionalismo español ante el auge de los nacionalismos periféricos en el ámbito político e institucional.  

En el primer tercio del siglo XX, coincidiendo con el reinado de Alfonso XIII, el auge de los nacionalismos periféricos generó preocupación en los distintos gobiernos de la Restauración, que propiciaron la toma de medidas para defender la unidad nacional y la centralización del estado. Para José Antonio Rubio Caballero13, fueron el auge de las fuerzas centrípetas o de disgregación de la nación las que generaron este impulso centrípeto de la nación española que dio lugar a tendencias autoritarias, en ocasiones promilitares que caracterizarán los tres primeros cuartos del siglo XX. El ya apuntado giro conservador del nacionalismo español ya presente en los gobiernos de la Restauración se manifestó en un incremento del centralismo 

Los primeros síntomas de reafirmación del nacionalismo tuvieron lugar en 190614 con el proyecto de Ley de Jurisdicciones que se significaba poner bajo jurisdicción militar cualquier ofensa al ejército o a la unidad de la patria española como respuesta a las críticas expresadas por parte de la prensa catalana, especialmente el semanario satírico Cu-Cut  en forma de caricaturas y artículos que ridiculizaban al gobierno, al ejército y a la monarquía. 

En 1908 durante uno de los gobiernos del conservador Antonio Maura se aprobó la Ley de Reconstrucción de la Escuadra del gobierno con la que dijo que trataba de "reconstruir la nacionalidad" española15.  La polémica desencadenada por la Ley de Jurisdicciones fue el punto de partida para considerar la formación de mancomunidades. El propio Maura presentó un proyecto16 que trataba de modificar sustancialmente los regímenes municipal y provincial que incluía cambios en el funcionamiento de las Diputaciones provinciales y no pudo llevarse a cabo pues su gobierno cayó tras la crisis de la Semana Trágica en 190917.  La Diputaciones catalanas revieron la cuestión en 1911 y, tras varios debates en el parlamento, se aprobó en 1014 la creación de la Mancomunidad catalana. Esta entidad implicaba la formación de una Junta general compuesta por diputados de las cuatro provincias y la instauración de un consejo permanente de gobierno para ellas. La Mancomunidad asumiría competencias en áreas administrativas, educativas, culturales y de régimen interno.  

El paso siguiente lo dieron los diputados catalanes en 1918 cuando pidieron la plena autonomía que fue rechazada rotundamente por las Cortes, así como la reintegración foral por parte de las provincias vascas. Este hecho hizo que catalanistas y los nacionalistas vascos se retiraran del Congreso. 

Durante la dictadura de Primo de Rivera desde 1923, se estableció un régimen autoritario y nacionalista español que se caracterizó por su beligerancia hacia los nacionalismos periféricos. Se persiguieron a los símbolos y organizaciones nacionalistas. La censura limitó severamente el uso de las lenguas distintas al castellano. El Directorio Militar como parte del esfuerzo del gobierno para imponer una mayor uniformidad administrativa y cultural en todo el país promulgó un Decreto en 1925, por el que se suprimían las estructuras autonómicas y regionales existentes en España. Este decreto, conocido como el Decreto de Unificación (Decreto de 30 de enero de 1925), estableció una política de centralización del poder que eliminó las instituciones regionales, incluyendo la Mancomunidad de Cataluña18. Los nacionalismos regionales vivieron un período de silencio y división hasta aproximadamente 1929. 

El fin de la dictadura y la llegada de la República coincidió con la proclamación por Francesc Maciá el mismo 14 de abril de la Republica Catalana como integrante de la Federación Ibérica19. El 14 de abril de 1931, España amaneció con dos repúblicas proclamadas: una en Barcelona y otra en Madrid. En Barcelona, Francesc Macià, líder de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), proclamó la República Catalana desde el balcón del Ayuntamiento. La proclamación de la República Catalana en Barcelona generó inquietud en el gobierno provisional de la República Española en Madrid. Se temía que este movimiento pudiera poner en riesgo la unidad nacional. Para resolver la situación, se enviaron a Barcelona tres ministros para negociar con Macià.  

La Constitución republicana aprobada a finales del 1931 reconoció por primera vez el derecho de las regiones a constituirse en autonomías, con la posibilidad de redactar sus propios Estatutos de Autonomía. La idea de estado integral tal como recogía el artículo 1 significaba “una alternativa tanto al Estado unitario como al federal”20. Cataluña iba a ser la primera región en obtener el autogobierno, un estatuto de autonomía aprobado en 1932 y que recogía algunas competencias (no todas las deseadas) que serviría de modelo para futuros estatutos territoriales.  

Por su parte, el nacionalismo vasco estaba expectante y llevó a cabo un borrador de estatuto denominado Estatuto de Estella21, Sin embargo, esta propuesta de los ayuntamientos vascos fracasó por las medidas anticlericales y en concreto la disolución de los jesuitas por parte del gobierno de la República lo que llevó a un enfrentamiento por parte de los diputados vascos que no votaron la Constitución en diciembre de 1931. El proceso autonómico se recondujo en 1932 como Estatuto de las Comisiones Gestoras provinciales en 1933, pero se presentó ese año a unas Cortes, mayoritariamente de centroderecha y contrarias a la descentralización política del estado. El Estatuto se estancó y tuvo que esperar a su aprobación en 1936 ya comenzada la Guerra Civil. 

En Cataluña el triunfo del Frente Popular en febrero de 1936 supuso la restitución del Estatuto que favorecidos la importancia que esta comunidad tuvo para la República incorporará mayores poderes y competencias22 

En el territorio sublevado se empezó a desarrollar un "Estado autoritario, fuerte, centralista y unitario"23. Ello supuso que tras la toma de Bilbao el Estatuto del País Vasco fuese derogado y respetándose únicamente los Conciertos Económicos de 1878 en Álava y Navarra provincias que apoyaron el golpe de estado.  
En el resto de España los movimientos nacionalistas fueron duramente reprimidos como fue el caso del fusilamiento de padre de la patria andaluza Blas Infante. El Estatuto de Cataluña, abolido por el bando nacionalista se mantuvo hasta la suspensión oficial por ley de 5 de abril de 193824 y de forma definitiva el 5 de marzo de 1939, justo después de la toma de Barcelona. 

Los cerca de cuarenta años del régimen franquista significaron “una total centralización administrativa y una completa uniformización legislativa en materia de administración territorial”25. Ya en 1938 se instauró el Ministerio de Educación Nacional26 no solo con la finalidad de adoctrinar a niños y jóvenes en la ideología nacionalcatólica sino para controlar el sistema educativo. A tal fin eliminó la autonomía de las universidades y se nombraron a rectores afines al régimen y se depuraron profesores. También en ese mismo año de 1938 se promulgó la Ley de Prensa e Imprenta que establecía una estricta censura sobre los medios de comunicación, lo que dificultaba la difusión de ideas nacionalistas o descentralizadoras 

La dictadura de Franco dictaminó a lo largo de su existencia sucesivas medidas políticas dirigidas al control del nacionalismo periférico. Así en 1945 publicó la Ley de Educación Primaria por la que estableció que el castellano fuese la única lengua oficial en la enseñanza en todo el territorio español.  No obstante, ocho años después ya en un contexto de suavización de la represión de los nacionalismos históricos27 se publicaría un decreto que permitía la enseñanza del catalán como materia optativa, aunque solo para los cursos superiores. la Ley Orgánica de 1967 establece la soberanía nacional como una e indivisible. Institucionalmente el Estado se establece de forma territorial a partir de la estructura decimonónica Gobierno-Diputaciones-Ayuntamientos28. En general hubo toda una legislación contraria al nacionalismo o la autonomía regional como la Ley de Prensa e Imprenta de 1966 o la Ley de Orden Público de 1959 siempre dirigidas a reprimir cualquier tipo de disidencia. 

5. La transición democrática y la Constitución de 1978 sentaron las bases de un novedoso sistema de ordenación territorial: el Estado de las Autonomías. Realiza un análisis de las consecuencias que el Estado autonómico ha tenido en el conjunto de los nacionalismos hispanos y la proliferación de instrumentos de "nation building" en las distintas autonomías. 

La transición democrática en España y la Constitución de 1978 marcaron en la cuestión territorial un cambio significativo al establecer el Estado de las Autonomías. Esta nueva estructura descentralizada buscaba tanto reconocer como integrar la diversidad cultural y regional dentro de España. No obstante, su puesta en marcha ha generado diversas repercusiones en el panorama de los nacionalismos españoles, dando lugar a una proliferación de iniciativas de construcción nacional en las distintas autonomías, políticas y acciones con el objetivo de promover y fortalecer la identidad y unidad dentro de cada comunidad autónoma. Es lo que se conocen como instrumentos de nation building que nos referiremos más adelante.  

Al analizar las consecuencias del estado autonómico hay que partir de dos premisas: la realidad territorial, diversa y genera dificultades en forma de agravios comparativos y la evolución un proceso que hasta el momento presente no está concluido.  

El estado de las autonomías supuso por primera vez en la historia (con la excepción de Cataluña y Euskadi) del reconocimiento de la identidad nacional o regional para las distintas comunidades. Ello de una parte ha permitido a cada una llevar a cabo mecanismos con objeto de estimular y potenciar los particularismos regionales.  

La construcción del estado de las autonomías fue un proceso que se inició tras las primeras elecciones democráticas en 1977 y la conformación de Asambleas de Parlamentarios, lo que se conoce como estado preautonómico, y 1983 que es el momento que todas las autonomías gozan de un estatuto propio. Aunque mayoritariamente había un deseo común de descentralización la falta de acuerdo y de consenso sobre el tipo de estado (federal, autonómico, confederal...) estuvo presente en los primeros momentos. Las únicas experiencias descentralizadoras fueron efímeras: el federalismo de la República, la tímida Ley de Mancomunidad en la Restauración y el estado integral en la 2ª República. La Constitución de 1978 finalmente adoptó el estado autonómico pero considerando dos niveles: las comunidades históricas que accederían a la autonomia por la vía rápida y alcanzarían un mayor grado de competencias, y el resto de comunidades que algunas se irían conformando y para el que se utilizaría el artículo 143 o vía lenta.  

Los nacionalismos catalán y vasco con mayor historia y conciencia nacionalista fueron los primeros en promulgar el estatuto. Galicia y Andalucía pese a las reticencias del gobierno de UCD terminaron por incorporarse a este primer grupo. El resto de comunidades se fueron sumando hasta completar el mapa autonómico. A partir de ahí se inicia el proceso de construcción autonómica con transferencias competenciales, presupuestarias y funcionariales del poder central a los autonómicos. Las nuevas instituciones autonómicas empezaron a aplicar instrumentos de nation building en forma de políticas lingüísticas, creación de símbolos y emblemas regionales (himnos, escudos, bandera...), la implementación de políticas culturales (artísticas, patrimonio, fiestas, historia...), el control de los medios de comunicación autonómicos. 

Precisamente en este proceso de instauración y puesta en marcha de los estatutos radicaron gran parte de las tensiones entre las distintas autonomías y entre éstas y el estado central. Debate que desde el estado gira entre los partidarios de la homogeneidad y los que critican el “café para todos” en alusión a que el techo de autogobierno debía ser diferente entre las comunidades históricas y las denominadas “artificiales”. En esta segunda etapa de desarrollo del mapa institucional   es cuando se ponen en marcha las políticas de construcción nacional y las comunidades van asumiendo competencias.  

Cataluña tal y como recogía su estatuto de 1979 recibirá competencias en lengua, educación, cultura y medios de comunicación. El País Vasco mantiene la autonomía fiscal junto con Navarra en razón a la larga tradición de autogobierno fiscal. Asimismo recibe las competencias en seguridad con la creación de la Ertzaintza, sanidad, educación y comunicación.  

La tercera etapa se inicia en los últimos años del siglo XX. Se caracterizaron por la mayor demanda de autogobierno de estas dos comunidades que demandaban una reforma estatutaria en un contexto de negociación con el gobierno central en ocasiones necesitado de mayorías parlamentarias. En el País la presencia activa de la banda terrorista ETA dificultaba las relaciones entre un PNV que ha oscilado entre el posibilismo y el soberanismo y los gobiernos estatales.  

Finalmente, Cataluña llevó a cabo en 2006 la reforma del Estatuto, ampliando las competencias autonómicas y reconociendo el catalán como lengua propia lo que dio lugar a recursos de inconstitucionalidad por parte del gobierno español. El siguiente paso hacia el autogobierno tuvo lugar en 2017 con la realización de un referéndum de independencia que fue considerado ilegal por el Tribunal Constitucional y provocó la intervención del Gobierno español y la suspensión del autogobierno catalán mediante la aplicación del artículo 151 de la Constitución. El proceso soberanista en Cataluña ha sido el principal tema de actualidad en la política española. Los partidos nacionalistas aprovechan la dificultad para obtener mayorías parlamentarias para recibir más autogobierno a cambio de apoyo. La última demanda ya en el contexto de las elecciones catalanas de 2024 es la de ERC de exigir al gobierno la gestión del 100% de los impuestos mediante un de "cupo catalán" al estilo del País Vasco.  

En Euskadi en 2004 el Gobierno vasco propuso una reforma del Estatuto conocida como "Plan Ibarretxe", que buscaba mayor autogobierno para Euskadi. Esta propuesta no fue aprobada por el Congreso de los Diputados. Actualmente, ambas comunidades tienen todas las competencias salvo defensa, exteriores y seguridad del Estado.  

En el resto de las comunidades Andalucía ha reformado su estatuto en 2007 para ampliar las competencias autonómicas en materia de educación, sanidad y justicia. Aragón, Canarias, Cantabria y Castilla León, aunque más moderadas también han realizado reformas para adaptarlas a la ampliación de competencias autonómicas principalmente en materia lingüística. La razón estriba en el menor sentimiento nacionalista y la menor presión social. 

 

6. Realiza una reflexión personal sobre la idea nacional y la actividad nacionalista en la España de 2024. 

La idea nacional y la actividad nacionalista constituyen un tema amplio, complejo, polémico y de rabiosa actualidad. Aunque no es un asunto exclusivo de nuestro país, en la actualidad sería un error tratar de realizar similitudes con otros modelos. No voy a recordar la debilidad de la acción nacionalizadora del estado en los dos últimos siglos, pero sí creo que hay que vincularla al proceso de crisis y decadencia experimentado en estos años. Los intentos de uniformizar el estado en determinados momentos de nuestra historia reciente han sido infructuosos y han producido el efecto contrario. El sistema democrático y el estado de las autonomías actual han demostrado ser la herramienta más sensata para asegurar una cohesión entre los distintos territorios pues la historia ha demostrado que no se pueden ignorar las peculiaridades y singularidades periféricas. Ello no significa que desaparezca el debate y haya períodos de mayor o menor radicalización en los dos nacionalismos más beligerantes con el estado. Hay una relación entre crisis económica y aumento del independentismo. El sentimiento de la sustracción de recursos por parte del estado hacia un reparto territorial no ha sido nunca bien visto por Cataluña y el País Vasco que demandan una fiscalidad más acorde con sus intereses y poder controlar y gestionar sus propios recursos. A ello hay que sumar la crisis de las mayorías parlamentarias que han propiciado que minorías nacionalistas favorecidos por un sistema electoral utilicen su presencia política para forzar negociaciones y lograr alcanzar mayores competencias que a su vez son utilizadas por los gobiernos en manos nacionalistas para fomentar políticas lingüísticas y culturales que pueden de forma más o menos consciente fomentar actitudes separatistas en una espiral con un final incierto. Por contra en el Estado desde posiciones conservadoras principalmente existe el secular temor a lo que denominan “romper España”.  La idea de unidad y la integridad territorial de España como nación única e indivisible ha sido una constante en el conservadurismo español que choca frontalmente con las posiciones de los nacionalismos periféricos.  

En un mundo globalizado, donde el poder económico y político a menudo se concentra en grandes entidades supranacionales como es el caso de la Unión Europea, las posiciones nacionalistas e incluso localistas tienen sentido en cuanto constituyen una respuesta a la homogeneización cultural y un medio para resistir la pérdida de la diversidad cultural y lingüística.  

El nacionalismo vasco tras la finalización de las actividades de la banda terrorista ETA en 2011 ha entrado en una situación de posibilismo político en cuanto a la toma de una actitud pragmática y realista hacia la política con mayor diálogo y negociaciones con el estado español. Sin embargo, en Cataluña persisten las actitudes independentistas que demandan la celebración de un referéndum que da pie a muchas opiniones e interpretaciones. Los defensores aluden a la legitimidad democrática que hay detrás de cualquier consulta popular y los contrarios a la falta de legalidad pues el estado se fundamenta en un marco constitucional que no contempla esa situación.  

Aunque con menor intensidad que el nacionalismo vasco y catalán existen en España otros movimientos regionales que ejercen con menor protagonismo cierta presión política. Se trata de territorios donde el peso de los partidos españolistas supera a los nacionalismos como es el caso de Galicia impidiendo un mayor desarrollo de su identidad regional. En el resto de las comunidades con alguna que otra excepción no existen movimientos nacionalistas que canalicen su sentimiento nacional y la dependencia e identificación con el estado es mayoritaria. 

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Bibliografía: 

ARTÍCULOS  

  • Álvarez Junco, José. “Dioses útiles. Naciones y nacionalismos”. Barcelona, 2016. 

  • Fusi, Juan Pablo. Los nacionalismos y el Estado español: el siglo XX. Cuadernos de Historia Contemporánea 2000, número 2 

  • Rubio Caballero, Jose Antonio. El nacionalismo, fuerza histórica. Nación y nacionalismos en el mundo y en España. Cáceres, 2005 

  • Sepúlveda, Isidro. Historia del nacionalismo; Madrid, Santillana, 1997 

  • Sepúlveda, Isidro. Conformación e instrumentalización del nacionalismo español durante el franquismo. Valencia, 1999 

  • Sepúlveda, Isidro. El Estado de las Autonomías y los nacionalismos. Historia de España Menéndez Pidal; Madrid, Espasa, 2003; 

  • Silveira, Janete. Nacionalismos cultural y político. La doble cara de un proyecto único: Cataluña. Universitat de Barcelona, 2007 

LIBROS 

  • De la Granja, J. L./Beramendi, J./Anguera. La España de los nacionalismos y las autonomías. 2001. Edición de Kindle. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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